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La magia del perdon, El tunel, La última oportunidad, Sangre de Campeón, La fuerza de Sheccid, El caballero de la armadura oxidada
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"No es feliz el que hace lo que quiere sino el que quiere lo que hace"
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Journal

Aunque intentó bailar con ella, Mayne no podía interrumpir tal belleza. Su cuerpo bien formado oscilaba entre infantil y apacible, moviéndose despacio al ritmo. Su inocencia lo embrujaba, su belleza lo impresionaba. Mayne sabía que ella se enfadaría al ver que la miraba, pero aquel espíritu adolescente que permanecía dentro de su cuerpo adulto lo animó y no se preocupó por las consecuencias. Además, esto sólo era para sus ojos. Sus ojos chispearon por un instante, cuando al moverse ella le hizo recordar el océano, inmenso de belleza y misterio. Una brisa ligera bailó a través de su larga melena. Un vestido transparente que apenas cubría su cuerpo bien formado y un ligero sudor le dieron brillo. Ella parecía demasiado bonita para ser real. Durante ese segundo, lleno de euforia visual, Mayne supo que ella era la única mujer que él amó de verdad en la vida. Sus ojos vacilaron.
“Debe haberme oído”, pensó él, cuando ella se volvió a mirarlo. Mayne no quería estropear aquella sublime belleza, sólo quería disfrutarla. Sus gruesos labios sonrieron simpáticamente. Entonces la canción empezó a aumentar en volumen. En ese instante, una punzada afilada de pánico cruzó a través de él al escuchar aquella canción. Un sudor frío estalló de sus poros y el miedo lo consumió. Su mirada giró tan rápidamente, que lo hizo marearse y ver una realidad diferente. La respiración se volvió difícil, complicada. La desesperación hizo que se contrajeran cada uno de los músculos de su delgado cuerpo. Pero su miedo propasaba el dolor que sentía. La ansiedad pasó a través de él mientras escuchaba la canción.
Todo perdió su textura natural, las paredes, el suelo, el aire, todo aquello se volvió irreal. La música aumentó nuevamente su volumen y con el avance de la melodía se le hizo más difícil poder moverse. Sabía que debía quitar aquel disco, pero sus pies se sentían como bloques de hormigón. Ya no podía moverse rápidamente. Ella ya tenía el cañón de la pistola contra su cabeza.
¡BAMM!
Mayne despertó cubierto en sudor; un grito mudo todavía se alojaba en su garganta. Las últimas seis horas había estado inmerso como en un coma debido a la gran cantidad de drogas y alcohol que había consumido para poder conciliar el sueño. Es que el sueño se había vuelto difícil de conseguir y era imposible de lograr sin alguna ayuda. No importaba si dormía seis horas o seis minutos, siempre era arrastrado por la pesadilla que lo manipulaba. Ninguna píldora para dormir o antidepresivo podían ayudarlo. Había escrito aquella canción y sabía que con ella se había condenado para siempre.
Con las manos temblorosas, limpió el sudor de su frente y frotó sus dedos contra sus ojos. Sus pulseras de oro tintinearon. Giró en la cama, y miró fijamente el despertador digital que se encontraba sobre la mesa de luz negra que él mismo había construido utilizando un refrigerador como base. Junto al reloj había unos paquetes vacíos de Marlboro. Observó fijamente los números digitales verdes del despertador, pero ellos no tuvieron ningún sentido. No le importaba realmente qué hora era, sin embargo, sabía que su tiempo significaba dinero para otras personas. De todas maneras, junto al reloj había algo más importante que el dinero en efectivo o que el tiempo. Se sentó despacio. Sus torturados ojos examinaron la mesa jaspeada negra, buscando cualquier sobrante de aquel precioso polvo blanco. Encontró fósforos quemados, cigarrillos quebrados, y un vaso vacío, pero nada de drogas. No le importaba. Sabía que siempre podía conseguir más. Se sentó en el borde de la cama, se agachó y abrió la puerta del refrigerador de la mesa nocturna. Dentro había varias Budweisers, y una botella fría de Don Perignon. Mayne tomó una lata fría, y tragó la mitad de un sólo sorbo. Hacía eso todas las mañanas. Al instante, su dolorida cabeza empezó a sentirse mejor. A pesar de que no quería admitirlo, sabía que ya era tarde. Ese día debía estar en pocas horas en el estudio de grabación, pero no se sentía con ganas. Además, la grabación de su último álbum había terminado hace un mes. El disco estaba ahora en la fase de mezcla final, y necesitaban a Mayne para que aprobara el trabajo. “¿Entoces, sólo me necesitan para eso?”, se preguntó a sí mismo, y decidió cancelar la cita, ya que le era muy difícil poder ponerse de pie.
Le gustaba su habitación a pesar del desorden; aunque el peor desastre se encontraba en el baño. Ropa desparramada, basura, cassettes, y toallas sucias dominaban el lugar. En medio de aquel caos, trató de localizar rápidamente el retrete, luchando con aquel impulso que le surgió de vomitar. Luego, volvió a la habitación, sintiéndose un despojo humano, o más bien como un robot vestido con una piel alquilada. Había un dolor en su abdomen al que ya se había acostumbrado, y con el que había crecido. Como muchas otras fallas en su salud, la dolencia podía atribuirse a su excesivo estilo de vida.
Al entrar en el cuarto, tropezó con la cómoda; y decidió tomar aquel pantalón entallado de cuero negro que acostumbraba a llevar, y se lo colocó. También encontró un kimono de seda color púrpura oscuro que se hallaba abandonado en el armario y decidió ponérselo. En un cajón de la cómoda encontró un gramo de cocaína. Y colocando aquel polvo en el hueco de la uña de su dedo meñique derecho, el músico andrajoso aspiró la sustancia. El kimono se sentía fresco contra su piel calurosa. Se preguntó si tal vez tendría fiebre y pensó que probablemente así era. Siempre se había sentido como con una fiebre perpetua. Terminó su cerveza, y luego echó la lata vacía en dirección a un canasto.
Al mirarse fijamente en el espejo de cuerpo entero, no reconoció al solitario que se reflejaba. Efectivamente, el pelo rubio largo y los tatuajes lo hicieron reconocerse, pero parecía demasiado frágil. Aquel Mayne se parecía a alguien que estaba listo para el hospital. Esa cara que alguna vez fue atractiva, ahora se veía pálida, tensa, e inexpresiva. La barba había cubierto gran parte de su rostro y sus ojos color esmeraldas ya no eran ninguna gema auténtica, sino más bien parecían joyería de fantasía. Entonces, necesitó otra bebida.
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Imagenes para hi5*